domingo, 12 de octubre de 2014

Herida. Cicatriz. Cicatrizar. Cicatrizado.

Estoy llena de cicatrices, de verdad, llena. Pero no os creáis que son casuales, es que quiero ejercitar mis glóbulos blancos (si es que tengo de eso, que empiezo a dudarlo).

No, en realidad es que soy torpe, pero de verdad, soy torpe, soy patosa, vine con el kit de equilibrio defectuoso de fábrica, tengo el instinto de supervivencia al revés (es un kit de contra-supervivencia) y además siempre fui un poco escéptica con la ley de la gravedad, pero Newton (allá donde esté) se empeña fuertemente en demostrarme que tenía razón.

Pero que si yo no me creía la ley de la gravedad (ahora sí, de verdad, Newton para ya) es porque siempre pensé que más que una fuerza, lo que me unía los pies al suelo era una ley social y estúpida que se empeñaba en que yo, porque un día a un señor se le cayó una manzana en la cabeza, no podía volar. Y pues yo me negaba, me negaba a no poder volar, a que me dijeran que no podía levantar los pies del suelo más allá de un salto. De hecho, soñaba a menudo con que volaba. Un día salte desde lo alto del tobogán del parque. Tengo una cicatriz más grande que todo el manzanero de Newton. Aprendí que no podía volar con mi cuerpo, solo con mi imaginación.

Volviendo al tema de las cicatrices, siempre hay unas que te marcan más que otras. La primera vez que pensé en este tema me parecían tachones de mi autobiografía, como un “esto lo hiciste mal, aprende”. Más tarde me empezaron a parecer más que tachones, la parte subrayada de mi vida. Y es que os juro que podría contaros mis historias más importantes señalándoos las cicatrices. También es verdad que no todas las tengo visibles, pero eso ya es otra historia.

Soy torpe, sí, torpe en el plano físico y en el emocional, aún más. Tanteo los terrenos porque no me creo nada, y a base de experimentar y dudar, pues cicatriz al canto. “La curiosidad mato al gato” siempre me pareció la frase que definía mi vida. Siendo sincera, tengo un poco de complejo de gata, por curiosa, por desconfiada con lo establecido, por querer ir a mi aire pero al final no, por nocturna, y porque me encantaría vivir entre azoteas. Pero las almohadillas eso no, eso no lo tengo en común con los gatos.

Hablaba el otro día con un amigo de que me gustaría que desaparecieran mis cicatrices. Y él me dijo que eso era una tontería, que de todas y cada una de ellas había aprendido algo.

Supongo que sí, que he aprendido que no soy gato, que hay gravedad, que soy fuerte y que a pesar del dolor de la herida, el tiempo todo lo cicatriza.

Supongo que sí, que mis cicatrices son la historia que cuenta mi alma, que las personas que se quieran asomar a leer su historia son las que tengo que dejar permanecer en mi vida y que el punto y coma es la mayor analogía de las heridas, porque ahora sé que a pesar de la pausa, del dolor, siempre hay un nuevo párrafo esperando a ser escrito, y que hable de vivir, y que hable de sentir.